Ni la vía china ni la norteamericana, la necesidad de una tercera vía para enfrentar el coronavirus

La pandemia coronavirus

Ha sido sin duda la decisión más polémica, arbitraria y compleja adoptada por un gobierno en la historia de la humanidad: Tomar a cuarenta y siete millones de españoles y arrancarlos de su entorno social, de sus trabajos, de sus momentos de ocio y esparcimiento, encerrarlos en sus casas convertidas en cárceles familiares y desarraigarlos del mundo real.

Ni el más enloquecido y esquizofrénico autor de una película de ciencia-ficción se hubiera atrevido a tanto. Sin embargo, es real. El brutal experimento social del que no existen precedentes en los países democráticos del mundo y cuyos resultados no se han testado anteriormente, se acaba de imponer en España con leyes de excepción, manu militari, afectando a toda la población y sin consulta previa.

Y todo ello porque un grupo de científicos aseguran que es la única forma de ganarle la partida al coronavirus, un patógeno con gran capacidad de contagio, con una agresividad moderada, para el que no existe vacuna «ni tratamiento médico curativo y que en algunos casos (pocos) puede generar neumonía que puede fácilmente curarse pero que, en la práctica, resulta letal por la falta de los equipos médicos adecuados (respiradores) en los hospitales.

Unos instrumentos vitales para salvar vidas cuya compra no se realizó a tiempo, por la incapacidad y la negligencia de los políticos que conocían la llegada de la enfermedad a España desde el 30 de enero (La Gomera), y esperaron 70 días para tomar medidas, por lo que criminalmente contribuyeron a su expansión.

Entre otras cosas, por alentar un centenar de manifestaciones en toda España, el 8 de marzo, cuando la plaga estaba ya fuera de control en Cataluña, País Vasco, Madrid y en menor proporción en el resto de la nación.

Pero no hay que echarle todas las culpas al peor gobierno de todos los tiempos de la historia de España. Porque en febrero hubo otras 312 manifestaciones parecidas en la capital donde todo el mundo viene a protestar, tal vez por eso de que Madrid es una ciudad abierta y acogedora. Y tal vez porque en la Villa y Corte se ejerce un claro abuso del derecho de manifestación si cortapisa alguna. Lo cual explica, probablemente, que en una de las ciudades más acogedoras del planeta haya el 50 por ciento del coronavirus de toda España hasta que la epidemia, que no va a parar, borre estas diferencias.

Encerrar en sus casas a una nación entera para protegerle de un ente invisible e intangible, e impedirle la comunicación con su grupo social y la libertad de movimientos a los que sus habitantes estaban acostumbrados produce, según Antonio M. Yagüe, muchos problemas de todo tipo, desde mentales a fisiológicos, por lo que el remedio puede ser en algunos casos peor que la enfermedad https://cronicaglobal.elespanol.com/…/cuarentenas-carcelari….

Al carecer de un protocolo de actuación los políticos se han dedicado a experimentar con la población civil, a usarlos como cobayas, a ver si hay suerte y suena la flauta como en China, dejando que la nación se hunda económicamente, incluso al haberse coordinado algunas medidas, entre ellas las del cierre de fronteras, con el resto de la UE.

A día de hoy nadie duda que se trata de una pandemia global que amenaza a la humanidad, para la que se carece de vacunas para prevenir la enfermedad y de medicamentos para curarla. Los cálculos más optimistas, entre ellos el de la canciller alemana Ángela Merkel, establecen que en los tres próximos años entre el 70 y el 80 por ciento de la población habrá sido contaminada y, por tanto, inmunizada.

Entre tanto fallecerán irremisiblemente decenas de miles de personas en todo el planeta, aunque no tantos como en la peste negra que diezmó la Europa del siglo XIV, matando a un tercio de su población; o la gripe española, que provocó entre 40 y 50 millones de muertos en la Europa baja de defensas de la I Guerra Mundial y en el resto del mundo.

En este contexto, el análisis global de la situación revela que hay, por lo menos, dos sistemas de enfrentar el problema. El modelo policial chino, copiado por España e Italia, obsesionado en atajar el problema mediante el cierre total de los centros escolares sin tener en cuenta que la población infantil es casi inmune a la epidemia y en la reclusión forzosa en sus domicilios de la población civil, como si fuera el fin del mundo y sin tener en cuenta en futuro de la economía.

Y el modelo anglosajón (Gran Bretaña y Estados Unidos) que da por inevitable la catástrofe, apenas interfiere en la vida de sus ciudadanos, y centra todos sus esfuerzos no tanto en combatir la epidemia en sí (que con más o menos muertos es inevitable) como en procurar un “día después” satisfactorio para sus habitantes, manteniendo un estado de bienestar pleno para sus habitantes.

Entre uno y otro modelo hay otros bastante más excéntricos como el de los presidentes de Nicaragua Daniel Ortega y de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), un socialista-populista, obsesionado en curar la epidemia dando abrazos a la gente, sin ser consciente de que su país, en franca recesión, se va a hundir irremisiblemente por la caída de los precios del petróleo, la amenaza de cierre total de los hoteles en Acapulco, Los Cabos, Puerto Vallarta y Cancún, y la reducción entre un 30 y un 50 por ciento de la industria de la maquila, al servicio de los Estados Unidos. Como diría el economista Macario Schettino, si es que no lo ha dicho ya, se van a necesitar mucho más que las remesas de emigrantes https://es.wikipedia.org/wiki/Macario_Schettino.

Sálvese quien pueda

El primer sistema analizado, el chino, es la sociedad perfecta para cualquier autoritario. Para hacerse obedecer no necesita de políticos, gobierno, comunidades autónomas, Parlamento ni de poder judicial para ser efectivo.

Para aplicarlo es suficiente con tener un buen ejército, armado de porras y estacas. Y ni siquiera una cárcel como la de Lledoners, que no se podría usar, sino unos buenos calabozos a la vieja usanza en los que confinar a los disidentes y una buena policía que auxilie a estos.

Constituye la negación plena del estado de derecho y la sustitución de la Constitución y las leyes, por el miedo, la histeria y el pánico, que convierte a los ciudadanos en personas egoístas, sumisas a la autoridad y en vulgares delatores de cualquier individuo que salga a pasear sin el perro, a montar en bicicleta aunque sea solo.

Especialmente cuando se sabe que el Gobierno no ha dejado de mentir, de intoxicar a la población en un intento de que el raciocinio y el sentido común que a ellos les falta se sustituya por la demagogia, el populismo, la obediencia ciega y el seguimiento obediente a un falso Mesías.

Aunque no hay ninguna experiencia en ningún país ni en ningún momento de la historia de lo que ocurre cuando sociedades enteras, abiertas y acogedoras como la española y la italiana, que viven del turismo, de la industria y del intercambio comercial, se cruzan de brazos y se tumban a la sombra (el sol con sus ratos ultravioletas, al menos, ayudan a combatir la pandemia), todo el mundo sabe que los resultados pueden ser terroríficos, catastróficos.

Porque la manipulación emocional y psicológica de la población para conducirla como un rebaño hacia donde ordena y manda el desnorteado gobierno es de tal calibre que dejan a años luz a los tipos más siniestros de la humanidad, como Joseph Goebbels, Fidel Castro o Iósif Stalin.

En lugar de aislar y tomar medidas con la población de riesgo (asmáticos, ancianos, enfermos del pulmón y otros), que sería lo normal, el Gobierno ha optado por cortar por lo sano y convertir la nación en una gran cárcel y confinar en sus casas a toda la población, sometiendo a cuarenta y siete millones de ciudadanos, por el sedentarismo y la falta de acción, a patologías como los problemas óseo-articulares, cardiovasculares, circulatorios, ansiedad, trastornos del sueño, problemas psicológicos serios, stress, conflictos familiares y rechazo social, según afirman varios especialistas.

Aun así, recluir a los mayores es una solución que debe administrarse con cautela ya que ningún Gobierno es dueño de la vida de sus ciudadanos ni siquiera con el pretexto de protegerlos y ampararlos. Porque, gracias a Dios y a la naturaleza, los seres humanos somos los únicos seres de la creación dotados de raciocinio.

Y un político que se permita decidir por los demás debe tener en cuenta que no todo el mundo está capacitado para tolerar la misma dosis de soledad, aislamiento que, en algunos casos, pueden matar lo mismo que un virus.

El modelo típico del post invierno nuclear

Por eso, el tan odiado en occidente Donald Trump (y Boris Johnson en Gran Bretaña) han tomado el camino contrario, ordenar a la Reserva Federal de los Estados Unidos bajar por dos veces los tipos de interés para que la economía ni caiga y las empresas no cierren en cascada, regalar a todos los norteamericanos sin excepción las pruebas del coronavirus, algo inédito en la cuna del capitalismo, y preparar a la nación para el día para el día siguiente, cuando la pandemia empiece a declinar, tras la hecatombe que se espera.

Todo ello, claro está, sin renunciar a otras medidas, como prohibir los vuelos desde Europa o intentar comprarle a los alemanes por 1.000 millones de dólares el único experimento científico viable que parece salvar vidas, lo cual no debe reprochársele por muy egoísta y anti solidario que parezca en una nación descerebrada como la española donde nadie o casi nadie cree en la libertad y más de la mitad de la población quiere que el Estado le resuelva los problemas y donde montar en bicicleta solo, sin poner en riesgo la vida de nadie o pasear por un parque se ha convertido en un terrible delito todavía no tipificado en el CP, pero un delito al orden social establecido por el gobierno y la dictadura de la ciencia oficial.

Si en lugar de tratarse de Trump fuera Pedro Sánchez alguien le afearía la conducta. ¿Qué presidente del mundo no quiere velar, aunque sea a precio de oro, por la salud de los suyos y, salvados estos, los del resto de las naciones? ¿Es que una multinacional alemana de los medicamentos lo haría mejor que el político que más dinero ha ganado antes de entrar en la política?

Los dos modos de ver los problemas de la humanidad, antagónicos entre sí en muchas cosas, numerosos intelectuales como el filósofo español Antonio Escohotado, el científico inglés Patrick Vallance o el director de The Lancet Richard Horton están tomando partido a favor y en contra, con graves y masivos enfrentamientos entre sus parroquias, que comulgan o blasfeman por medio de las redes sociales.

Con gran acierto, el filósofo español ha escrito: “En la situación actual la producción y el consumo son intocables, so pena de males mucho mayores. Esta gripe sólo será catastrófica si los políticos la convierten en vacaciones forzosas indefinidas, provocando una recesión global”.

Y es que si por salvar el pellejo se condenan a las empresas sin plantearse ni discutirse las posibles soluciones se está condenando a generaciones de españoles a la miseria, al paro, al subempleo y a otras muchas lacras como las vividas por miles de españoles entre 1939 y 1955, periodo en el que muchos nacionales llegaron a alimentarse de raíces y a jugarse la vida para emigrar clandestinamente, como ahora hacen los moros, los cubanos o los venezolanos.

La ciencia no lo es todo

Escudarse exclusivamente en la palabra de los científicos para resolver esta peste del siglo XXI, como pretende Pedro Sánchez, es lo más fácil pero no siempre es recomendable. La ciencia sigue teniendo grandes lagunas y, pese a ser lo más perfecto que ha conquistado el ser humano, no lo es todo.

Entre otras cosas porque la ciencia aporta conocimientos y sabiduría pero no en todos los casos advierte de las causas y las consecuencias de las cosas ni permite siquiera atisbar el futuro.
Y es que incluso aceptando como bueno que todo lo que dicen los buenos investigadores no hay que excluir que entre ellos hay entre un 1 y un 5 por ciento de locos, iluminados y tipos mesiánicos que se inventan una realidad paralela y la trasmiten como si fuera la vida misma.

Ocurrió así, por ejemplo, en el periodo de envenenamiento masivo padecido en España por el aceite de colza donde un ministro, asesorado por la comunidad científica española de entonces, confundió el probable agente causante del drama colectivo, probablemente un aceite envenenado, con un bichito.

Y donde expertos como el doctor Antonio Muro, al que conocí personalmente, creyeron (y defendieron) hasta su muerte que no se trataba del aceite desnaturalizado sino de otra cosa, tal vez de un agente químico desconocido introducido clandestinamente en España (por los norteamericanos, claro) para realizar un experimento militar en la población civil.

Todo ello sin tener en cuenta hay científicos convencidos todavía de que la Tierra es plana o que el hombre no pudo llegar a la Luna jamás ya que, con los cohetes actuales, fue imposible transportar al único satélite natural del planeta las miles de toneladas de combustible que se necesitarían para vencer la fuerza de la gravedad de ésta (1,62 m/s), perforar su órbita y retornar al planeta azul. Porque si bien es cierto que nadie pone en duda que el hombre fue a la Luna, si se discute que pueda regresar.

El coste de la crisis

Con la hostelería cerrada y las fuerzas del orden expulsando a los turistas en los aeropuertos, los puertos y carreteras cerrados a cal y canto, la industria paralizada o semiparalizada y las transacciones comerciales con todo el planeta suspendidas, nadie sabe a ciencia cierta cuál va a ser el coste de la crisis del coronavirus, muy superior sin duda a anteriores situaciones anómalas.

Y es que la primera incógnita a despejar, por ahora, es cuánto va a durar la condena a prisión domiciliaria, con derecho a vis a vis, que ha impuesto el Gobierno y que el ministro José Luis Ábalos asegura va a ser más larga que el estado de excepción de 15 días.

El futuro de Europa va a depender, además, de la capacidad de recuperación que experimenten nuestros vecinos, Francia y Alemania, y del tiempo que se tarden en abrir las fronteras internas de la UE, vueltas a levantar 35 años después del Tratado de Schengen que estableció la libre circulación de mercancías y personas dentro del espacio común en junio de 1985.

Con las bolsas europeas hundidas en un 30 por ciento, las sociedades por acciones que cotizan en el IBEX 35 van a tener que buscar dinero en otra parte; con las fábricas de automóviles paralizadas o al ralentí la potente industria auxiliar del sector automotriz caerá sin duda en barrena y con los 14.818 hoteles clausurados, con 1,5 millones de plazas cerradas, los ingresos por turismo se desplomarán a niveles anteriores a 1970.

A los que hay que sumar el cierre total de la construcción (22 por ciento del PIB) y otros lo que nos da una cifra de pérdida mensual de entre el 2,5 y el 3 del PIB. Es decir, la suma de bienes y servicios producidos por la nación podría caer en seis meses por encima del 20 por ciento.

Lo que permite pronosticar que habrá de nuevo más paro, más precariedad, más inseguridad y más recortes. Y que el “gratis total” del Estado de Bienestar probablemente se va a acabar. Y lo que resulta incluso peor. Miles de socialistas y comunistas van a extrañar sin duda al nefasto Mariano Rajoy, heredero de José Luis Rodríguez Zapatero, malandro donde los haya, y le elevarán incluso a los altares. Gracias a él y a su tijera, España sobrevivió a una intervención europea y, entre 2012 y 2020, vivió como jamás lo había hecho en la historia de la humanidad, como diría el economista mexicano Schettino.

Algo que la derecha española no suele restregarles a estos sátrapas que aspiran a aprovechar las aguas revueltas para perpetrar una de las suyas como buenos aprendices de afanes ajenos, que lo son, de Juan Carlos de Borbón y Bribón.

Porque, una de las alternativas que propugnan los comunistas extramuros del sistema e intramuros del Gobierno, para engordar al amo radica en privatizar el sistema eléctrico, el sistema privado de salud (que ahora se ha integrado plenamente con el público), parte de la banca y de los medios de comunicación, como si estuviéramos en plena revolución triunfante. Lo cual no es necesario aclarar que no representa ninguna solución y aporta más problemas que expectativas reales en una España en vías de recesión.

Y, además, ¿quién puede garantizarnos que unos sujetos como el innombrable y Pedro Sánchez, que no han sido capaces de gobernar sus casas frente al coronavirus van a tener éxito al frente de las empresas punteras de la nación?

La tercera vía

Frente a estos dos modelos enfrentados de resolver los problemas de la sociedad, el comunista y totalitario chino, y el anglosajón existen probablemente vías intermedias.

Pero, por el momento, no es posible aplicarlas. ¿O se ha imaginado alguien que el peor gobierno de la historia democrática de España puede sacarnos de la peor crisis humanitaria vivida en todos los tiempos, de la que se tiene conocimiento?

Por muchos de mis amigos consideran que la primera obligación del Gobierno y de la oposición (PP, Ciudadanos e incluso VOX) está en reunirse y formar un gobierno de concentración con la inclusión incluso, si fuera preciso, de notables con experiencia como Felipe González y José María Aznar que busquen soluciones intermedias y las encuentre.

Cualquier alternativa ahora mismo es mucho mejor que seguir regidos por el comunismo liberticida de ese partido innombrable de trincones internacionales o seguir a expensas de las pulsiones suicidas de los nacionalistas de PNV o ERC y los terroristas de Bildu que sólo forman parte de la nación para descuartizarla y repartirse sus territorios.

Porque, en lo que están de acuerdo la mayoría de los analistas, es que de esta crisis no salimos con un gobierno fantasma que son dos o tres en uno, imbuido en múltiples luchas internas, en innumerables guerras cainitas, y de espaldas a los intereses de la nación española.

Porque mientras vemos a los franceses pasear por las orillas del Sena, por ejemplo, un Gobierno que no ha tenido más programa antivirus que anular el estado democrático e implantar el policial al estilo de las dictaduras comunistas no tiene crédito alguno para encabezar la guerra al virus y la batalla por la paz, cuando todo se normalice.

A ellos compete, pues, ponerse de acuerdo y arbitrar una tercera vía que aísle si es necesario a las poblaciones de riesgo para preservarlas del coronavirus e impedir que colapsen los hospitales e insuflar las energías necesarias al resto de la sociedad para que vuelva al trabajo cotidiano.

Entre dar abrazos como hace un desnorteado AMLO, un experto en rifar aviones, y establecer campos de concentración hay otras alternativas. Y es preciso encontrarlas. Mejor hoy que mañana.

*José Díaz Herrera es un periodista español, Premio Ortega y Gasset, que actualmente prepara la edición de un ensayo sobre las relaciones económicas entre México y España.

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